Rizoma/Inferno

Siempre quise hacer música. Siempre. Desde pequeño, recuerdo que en la orquesta del colegio tocaba los platillos, la marimba y la clave. Pero lo que verdaderamente quería tocar era la flauta dulce. Ese instrumento de color marfil, en poliuretano, que tiene una escobilla para limpiar su interior.

Veía a todos los niños y las niñas muy concentrados soplando, poniendo los dedos bien puestos en los agujeros, siguiendo la partitura. Y después, ocurría el milagro: se elevaban al son de la melodía que configuraban en esa digitación adiestrada que, para mí en ese momento, representaba la felicidad. Subían lentamente, muy lentamente, y se sostenían en el vacío. Luego descendían y en sus rostros había un dejo de dicha que yo quería alcanzar.

Desafortunadamente, mi infancia terminó abruptamente. Como una gran mayoría de episodios en mi vida, la visión del paraíso se desvaneció en las calles y el humo de una ciudad pequeña y tórrida. Quedó, en mi memoria, el ruido acerado del címbalo, el golpe certero de la clave y la graciosa caída de la lluvia que son las notas de la marimba.

Descubrí La Mer hace 9 años, en pleno final de siglo, en el apartamento de un amigo, durante una noche de rumba en la que tres hombres solos y perdidos bailaron hasta las 6 am del día de las velitas.

Pero, para ser exacto, no fue La Mer, fue Nine Inch Nails, en The Fragile, el álbum que contiene la canción, y que, en ese momento, era lo más hip que alguien podía tener en Bogotá. A La Mer, la descubrí otra noche, en el primer año de este siglo, y hubo algo que me subyugó desde el principio: la maravillosa posibilidad de que una escala in crescendo contuviera tanto poder de evocación, tanta contención en una sola imagen que fluctúa, asciende, decrece y luego, mientras las palabras van repitiéndose como un mantra, desaparece.

Mi identificación con la canción aumenta año trás año. Ha sido el motor consciente de muchos poemas y ha acompañado algunas visiones del paraíso que he encontrado ( y perdido) durante todo este tiempo.

Alguna vez, descubrí que mi relación con La Mer nacía en ese preciso momento en que todas las visiones del paraíso que he vivido durante 32 años se desintegraban. Es decir que la canción verdaderamente era una canción de duelo, pero no de un duelo mórbido, sino de un duelo más cercano a la iluminación, al ver las cosas en un solo instante, a la elevación, a no permitir que el tráfago de la vida te impida el movimiento, a recibir (como en el poema de Borges) los dones que te otorga la vida con la más absoluta naturalidad y agradecimiento de tu alma.

Ese descubrimiento me ha reconciliado con la vida. Me ha permitido recibir lo que dispone para mí con los brazos abiertos y el alma despejada, así como me ha permitido reescribir, reinterpretar, episodios que veía desde una óptica más dolorosa, mórbida -por escribirlo de alguna forma-porque, como diría algún gitano que me leyó la mano, sólo se vive una vez y es mejor vivir el chance con el alma elevada.

Me permito este off topic porque hoy, después de 45 días, terminé Inferno. Fue a las 11:41 am, en la hemeroteca de la Luis Ángel Arango. Fue un solo instante largo de escritura concentrada y llena de elipsis, que terminó precisamente en ese punto, en esa grafía.

Recuerdo que pensé en nada. Y después, fuí despidiéndome de todos, como usualmente no lo hago. Salí a caminar y mis pasos me llevaron hasta la carrera 30. Después subí y me encerré en este lugar para compartir con ustedes, los que están del otro lado de la interfaz, ese momento de felicidad absoluta que es concluir algo que fue escrito con tanto furor y tanta sangre.

Padecí, es cierto, y aún lo hago. Pero, mientras más me adentraba en las ollas de la 13, más sentía esa súbita iluminación que aparece de vez en vez cuando regreso a La Mer.

Pensaba que el dichoso final, tal y como lo anunciaba ayer, era un principio; que el tal final, era solo una excusa, tal vez un juego mental, para argüir alguna falacia, que realmente no existe y que solo es un largo e infinito vector que nos desgasta, que nos conduce o nos pierde, que, tal vez, sólo sea otra imagen más y que la breve estancia en la tierra que vivimos todos es, en cierta forma, una estadia en el Todo. Estadia que, a través de una u otra acción que realizamos, nos enaltece y también nos prepara para el cambio, el siguiente devenir.

Y en ese punto, es cuando el duelo es iluminación. Goin’ on…Goin’ on to the south, babe. I’ll show that I’ll have a place for you -como dice otra canción de duelo que me tiene bailando, incadescente, desde hace dos meses.

Les dedico este momento a todos.

Felicidad absoluta y paz mutua para todos de mi parte, desde la entraña de mi corazón violento.

quand le jour arrive
la tourner el ciel
et la tourner la mer

et la mer eh ven embrasse moi
et la deneh ve moi logis

a rien pa peut arrete moi
a rien pa peut arrete moi
a rien pa peut arrete moi
a rien pa peut arrete moi

La mer

Nine Inch Nails. The Fragile. 1999

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