Archivos para septiembre, 2009

La he visto

Posted in Zat with tags on 03/09/2009 by Hijo de la Máquina

Usualmente una de mis preocupaciones es tener cargado el ipod con las canciones que quiero escuchar durante el día. Vale la pena señalarlo: hay otras personas que se preocupan porque sus hijos tomen a tiempo la ruta escolar o que ellas alcancen a llegar a tiempo a sus trabajos. Pero a mí me ocurre lo contrario: necesito que el ipod esté bien cargado ( es decir que brille harto el bombillo verde) y que el track list coincida con la energía que quiero mantener durante el día. Después, señoras y señores, viene lo demás: que la leche, que el tinto, que lo de los buses, que la gestión cultural, que lo del almuerzo (casi nunca lo hay, claro), que, que, etcétera…Es cierto que desde hace años toda mi colección discográfica se debe a la internet: bajo torrents y recorro blogs, hago minería musical cuando antes gastaba 200 o 300 mil pesos en cds (unos 130 dólares de ahora) en un café internet del centro de Bogotá ( a estas alturas ya todos saben que nunca he comprado un pc, que el laptop que tuve lo perdí en una prendería, etc.)

Si revisan el blog, la música, los track list, son una constante en las 111 entradas de hijodelamaquina.blogspot.com Y ni qué decir que con canciones me gano el corazón de las personas: tengo una cuenta gmail colapsada, precisamente, por enviar y enviar canciones; mi agenda reseña cada día qué nueva descarga he encontrado (ayer, por ejemplo, fue I´m a witch, de Yoko Ono) y estoy comenzando a creer que lo que decía Julio Cortázar con respecto a la relación música/literatura es verídica en mi caso, a menos que K. Dick y Kerouac me digan lo contrario.

Lo que más me gusta es sorprenderme. Creo que ese es el propósito fundamental cuando escuchas música: que percibas algo que no podías haber percibido de otra forma, digamos, una conversación puede dejar algo, pero es una tensión distinta y la situación idealista que pregonaba Jorge Luis Borges es cada vez más escasa; para mí, la música es lo más semejante a un trip, a un baretico o a cualquier ingesta de hongos. De hecho, cuando estás metiendo y estás conectado con la música, el viaje adquiere un pliegue, una textura distinta. Mi impresión es que tengo una inteligencia sinestésica por las formas que la música asume cuando estoy en comunicación con ella. Lo percibo en los poemas, en mis palabras y en mis movimientos. Y no peco de falsa modestia cuando lo escribo: es simplemente una constatación de algo muy profundo en mí.

Uno de mis pocos mejores amigos es músico, el otro es un gran melómano. Y de ellos aprendo, aunque no coincidamos en el género musical a través del cual vibramos: la salsa me aburre, ciertos subgéneros del jazz no conectan, pero intento y busco y trato de aproximarme pero nunca, nunca, trato de incorporarlos al ipod: son como esas rarezas que puedes escuchar ahí afuera, con alguien o a solas cuando intentas explicar algo o encontrar algo que no encuentras por otros lados.

Y vuelvo al punto del ipod, de la privacidad que da éste o cualquier reproductor para hacerte el track list de tu propia vida, evolución del walkman y del discman (esos avatares que ya he trascendido, desde los cassettes de 90 minutos para que me rindiera el viaje de todos los días hasta el colegio, hasta la colección de cds que guardaba en la mola para llegar hasta la universidad, rivalizando con diccionarios y tratados de lingüística, y siempre, siempre, las sempiternas pilas, que no se fueran a acabar mientras iba caminando hacia algún bar o me evadía del sueño en una clase)

Esta mañana, abrí uno de los cuadernos que estoy llevando ahora e hice algo parecido a un punto aparte. Era el momento de iniciar algo nuevo que me venía taladrando la cabeza hace semanas, pero que no había tomado en cuenta hasta ese momento. Entonces escribí unas líneas y fui a ducharme; mientras lo hacía pensaba en cuánto me interesaba esa posibilidad que había borroneado minutos antes, luego, después de todas las rutinas posteriores a verificar que el ipod tuviera brillando el botoncito verde, salí a la calle pensando en Beatle John, pero escuchando a Danger Mouse.

Durante el trayecto fui mezclando canciones de Nine Inch Nails y The Beatles, como preparando el mood del día, hasta que conseguí llegar al centro de la ciudad, comprar un café y llegar a la última canción de Fuerza Natural, de Gustavo Cerati, He visto a Lucy. Guardé silencio y fui descubriendo la canción…hasta que llegó el silencio y, de repente, el hiden track: esa especie de suite que hace valer la pena comenzar temprano y terminar temprano todo. Y ahí, mientras sobrecogido me dejaba llevar, recordé algo que le leí a Thom Yorke cuando hablaba de Homogenic de Björk y es sobre la forma como se están produciendo algunos álbumes hoy en día, los cuales están perfectamente acondicionados para proponerte una píldora roja o una píldora azul. Es decir, generan una experiencia maravillosa– e importa mucho el soporte, dado que las experiencias de escucha tienden a expandir la percepción, sea en un ipod o en un equipo de sonido- ya que te envuelven en todas las sonoridades y te conducen a terra incognita (como algunos temas de pink Floyd, por ejemplo, en los que la conjunción entre sonido, inmanencia y trascendencia está ahí, a la espera, vibrando)

El poder de la alegoría y la metáfora condensado en ese justo instante en que la canción termina y miras el panorama fuera del ipod para descubrir que todos los filamentos de la realidad han vuelto a moverse, cintileantes, por la sugestión desencadenada por la canción.

Eso ocurrió esta mañana con He Visto a Lucy: la he vuelto a ver, Beatle John.

Por acá, la canción: http://www.mediafire.com/?o2unvgmiziq

Orkuticidio

Posted in Sin categoría on 02/09/2009 by Hijo de la Máquina

Imagen015Algunas de mis más grandes amistades de los últimos tres años las encontré a través de redes sociales.

La primera en que participé fue Orkut, de Google, a la que se accedía por invitación, como otros productos de Google que, por esa época, estaban en fase beta. Recuerdo que estuve buceando una mañana por toda la red buscando la invitación. Era un proceso iniciático que consistía en enviar un email a alguien y esperar una respuesta que podía tardar, como fue mi caso, una semana. Aún recuerdo cómo buscaba en mi cuenta gmail, recién abierta también, la invitación que me distinguiría de otros cibernautas por participar en la naciente onda de las redes sociales.

La fiebre de las redes sociales había comenzado en Japón de la mano con el surgimiento del sms como herramienta de interacción entre geeks y otakus, entre otras tribus urbanas. Eso fue a principios de siglo, pero en este lado del mundo recién en 2005, y con precedentes de nicho como myspace,  las redes sociales surgieron con todo el ímpetu que ahora, por ejemplo, caracteriza a la población de esta red como la más densa y poblada de la red.

En algún tratado de prospectiva, los pioneros orientales de las redes sociales migraron a otras aplicaciones digitales y muchos aún contemplan con perplejidad cómo éstas mantienen un impacto que ya rebasó cualquier capacidad de análisis sociológico o antropológico: las redes están vivas y poseen un ecosistema consolidado de protocolo e interacción en su interior que no sólo replica las formas cómo nos relacionamos a través de éstas sino que también inciden en las formas como interactuamos en el cotidiano, fuera de la interfaz.

Y precisamente, a través de Orkut fue que te conocí. Debo confesar que hay un partidor antes y después de haberte encontrado: en términos estéticos, poéticos y éticos, nuestro encuentro a través de una red social devino fundamental para la vida y el qué hacer de dos artistas separados por distancias geográficas y lingüísticas tan grandes como las que tenemos: huellas de ese cambio fueron los scraps que nos escribíamos a diario en nuestros respectivos perfiles, con links a otros mundos digitales que enriquecieron nuestras experiencias plásticas y literarias. De ahí pasamos a una comunicación epistolar, sea a través de las cartas en cajas de Pandora que nos enviábamos cada vez que alguien viajaba a nuestros países, sea a través de emails en cuentas exclusivas que abrimos para sólo comunicarnos los dos. Y al final, la comunicación por teléfono con motivo de alguna anécdota que era puntual contarnos para seguir viviendo.

En todo este tránsito de lo virtual a lo real, fuimos descubriendo nodos que nos acercaban aún más, confirmando que la virtualidad era una excusa y que aquellas barreras de la distancia y la lengua eran tan solo una estrategia mental para no percibir cuán cerca estábamos el uno del otro: supe que viviste en Bogotá, por ejemplo, y que compartiste campus conmigo; supiste que caminé ciertas calles de tu ciudad, compartimos algún café y fumamos un cigarrillo sin saber quiénes éramos, y así sucesivamente episodios y acontecimientos en bucle que testimoniaban una cercanía y una afinidad que a duras penas puedes hallar a lo largo de toda una existencia.

Hace tan solo dos días recibí un mensaje en el que me contabas que habías cerrado la cuenta de Orkut –esa misma que yo había abandonado cuando me mudé a Facebook- por las razones de siempre: algún depredador había robado tu identidad causando daños a todos los amigos y las amigas que habían surgido a partir de esa red social. Me decías que todos los scraps fueron borrados de un momento para otro y que por imprevisión nunca habías hecho un back-up, tal y como nos lo propusimos tantas veces, con el propósito de editar un libro de artista sobre nuestra experiencia. De pronto, me sentí huérfano. O carente de. Y a medida que fueron pasando las horas fui recordando cuántas veces tantas palabras que hemos escrito se vuelven efímeras al cancelar una comunicación o cuando la transmisión se corta o cuando no abrimos una plantilla para ir armando un texto a partir de la interacción que estamos sosteniendo. Pensé que muchas de nuestras interacciones están sometidas a un olvido más árido que el sistemático ejercicio de la desmemoria que imponen los estados: ese olvido intencionado que realizamos sobre determinadas acciones en pos de no aceptar las consecuencias de éstas.  Recordé que no hace mucho alguien me había preguntado sobre el destino de todos esos perfiles en las redes que habían pertenecido a personas que habían muerto y de las cuales nadie sabía nada más allá de un estado en el que contaban que se estaban tomando un café o esperaban encontrarse ansiosamente con su amante. Perfiles sobre los cuales nadie sabía su destino final y que seguían recibiendo frases de cajón, toques, invitaciones a conciertos, recordatorios, y en algunos casos llamadas a números de celular que mandan a buzón, dejando en espera eterna al contacto que quiere acercarse y conocer algo más de aquella persona que no ha vuelto a actualizar su estado en la red.

Y no pude dejar de sentirme triste, un poco más solo en esta vida.

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