Orkuticidio

Imagen015Algunas de mis más grandes amistades de los últimos tres años las encontré a través de redes sociales.

La primera en que participé fue Orkut, de Google, a la que se accedía por invitación, como otros productos de Google que, por esa época, estaban en fase beta. Recuerdo que estuve buceando una mañana por toda la red buscando la invitación. Era un proceso iniciático que consistía en enviar un email a alguien y esperar una respuesta que podía tardar, como fue mi caso, una semana. Aún recuerdo cómo buscaba en mi cuenta gmail, recién abierta también, la invitación que me distinguiría de otros cibernautas por participar en la naciente onda de las redes sociales.

La fiebre de las redes sociales había comenzado en Japón de la mano con el surgimiento del sms como herramienta de interacción entre geeks y otakus, entre otras tribus urbanas. Eso fue a principios de siglo, pero en este lado del mundo recién en 2005, y con precedentes de nicho como myspace,  las redes sociales surgieron con todo el ímpetu que ahora, por ejemplo, caracteriza a la población de esta red como la más densa y poblada de la red.

En algún tratado de prospectiva, los pioneros orientales de las redes sociales migraron a otras aplicaciones digitales y muchos aún contemplan con perplejidad cómo éstas mantienen un impacto que ya rebasó cualquier capacidad de análisis sociológico o antropológico: las redes están vivas y poseen un ecosistema consolidado de protocolo e interacción en su interior que no sólo replica las formas cómo nos relacionamos a través de éstas sino que también inciden en las formas como interactuamos en el cotidiano, fuera de la interfaz.

Y precisamente, a través de Orkut fue que te conocí. Debo confesar que hay un partidor antes y después de haberte encontrado: en términos estéticos, poéticos y éticos, nuestro encuentro a través de una red social devino fundamental para la vida y el qué hacer de dos artistas separados por distancias geográficas y lingüísticas tan grandes como las que tenemos: huellas de ese cambio fueron los scraps que nos escribíamos a diario en nuestros respectivos perfiles, con links a otros mundos digitales que enriquecieron nuestras experiencias plásticas y literarias. De ahí pasamos a una comunicación epistolar, sea a través de las cartas en cajas de Pandora que nos enviábamos cada vez que alguien viajaba a nuestros países, sea a través de emails en cuentas exclusivas que abrimos para sólo comunicarnos los dos. Y al final, la comunicación por teléfono con motivo de alguna anécdota que era puntual contarnos para seguir viviendo.

En todo este tránsito de lo virtual a lo real, fuimos descubriendo nodos que nos acercaban aún más, confirmando que la virtualidad era una excusa y que aquellas barreras de la distancia y la lengua eran tan solo una estrategia mental para no percibir cuán cerca estábamos el uno del otro: supe que viviste en Bogotá, por ejemplo, y que compartiste campus conmigo; supiste que caminé ciertas calles de tu ciudad, compartimos algún café y fumamos un cigarrillo sin saber quiénes éramos, y así sucesivamente episodios y acontecimientos en bucle que testimoniaban una cercanía y una afinidad que a duras penas puedes hallar a lo largo de toda una existencia.

Hace tan solo dos días recibí un mensaje en el que me contabas que habías cerrado la cuenta de Orkut –esa misma que yo había abandonado cuando me mudé a Facebook- por las razones de siempre: algún depredador había robado tu identidad causando daños a todos los amigos y las amigas que habían surgido a partir de esa red social. Me decías que todos los scraps fueron borrados de un momento para otro y que por imprevisión nunca habías hecho un back-up, tal y como nos lo propusimos tantas veces, con el propósito de editar un libro de artista sobre nuestra experiencia. De pronto, me sentí huérfano. O carente de. Y a medida que fueron pasando las horas fui recordando cuántas veces tantas palabras que hemos escrito se vuelven efímeras al cancelar una comunicación o cuando la transmisión se corta o cuando no abrimos una plantilla para ir armando un texto a partir de la interacción que estamos sosteniendo. Pensé que muchas de nuestras interacciones están sometidas a un olvido más árido que el sistemático ejercicio de la desmemoria que imponen los estados: ese olvido intencionado que realizamos sobre determinadas acciones en pos de no aceptar las consecuencias de éstas.  Recordé que no hace mucho alguien me había preguntado sobre el destino de todos esos perfiles en las redes que habían pertenecido a personas que habían muerto y de las cuales nadie sabía nada más allá de un estado en el que contaban que se estaban tomando un café o esperaban encontrarse ansiosamente con su amante. Perfiles sobre los cuales nadie sabía su destino final y que seguían recibiendo frases de cajón, toques, invitaciones a conciertos, recordatorios, y en algunos casos llamadas a números de celular que mandan a buzón, dejando en espera eterna al contacto que quiere acercarse y conocer algo más de aquella persona que no ha vuelto a actualizar su estado en la red.

Y no pude dejar de sentirme triste, un poco más solo en esta vida.

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