La he visto

Usualmente una de mis preocupaciones es tener cargado el ipod con las canciones que quiero escuchar durante el día. Vale la pena señalarlo: hay otras personas que se preocupan porque sus hijos tomen a tiempo la ruta escolar o que ellas alcancen a llegar a tiempo a sus trabajos. Pero a mí me ocurre lo contrario: necesito que el ipod esté bien cargado ( es decir que brille harto el bombillo verde) y que el track list coincida con la energía que quiero mantener durante el día. Después, señoras y señores, viene lo demás: que la leche, que el tinto, que lo de los buses, que la gestión cultural, que lo del almuerzo (casi nunca lo hay, claro), que, que, etcétera…Es cierto que desde hace años toda mi colección discográfica se debe a la internet: bajo torrents y recorro blogs, hago minería musical cuando antes gastaba 200 o 300 mil pesos en cds (unos 130 dólares de ahora) en un café internet del centro de Bogotá ( a estas alturas ya todos saben que nunca he comprado un pc, que el laptop que tuve lo perdí en una prendería, etc.)

Si revisan el blog, la música, los track list, son una constante en las 111 entradas de hijodelamaquina.blogspot.com Y ni qué decir que con canciones me gano el corazón de las personas: tengo una cuenta gmail colapsada, precisamente, por enviar y enviar canciones; mi agenda reseña cada día qué nueva descarga he encontrado (ayer, por ejemplo, fue I´m a witch, de Yoko Ono) y estoy comenzando a creer que lo que decía Julio Cortázar con respecto a la relación música/literatura es verídica en mi caso, a menos que K. Dick y Kerouac me digan lo contrario.

Lo que más me gusta es sorprenderme. Creo que ese es el propósito fundamental cuando escuchas música: que percibas algo que no podías haber percibido de otra forma, digamos, una conversación puede dejar algo, pero es una tensión distinta y la situación idealista que pregonaba Jorge Luis Borges es cada vez más escasa; para mí, la música es lo más semejante a un trip, a un baretico o a cualquier ingesta de hongos. De hecho, cuando estás metiendo y estás conectado con la música, el viaje adquiere un pliegue, una textura distinta. Mi impresión es que tengo una inteligencia sinestésica por las formas que la música asume cuando estoy en comunicación con ella. Lo percibo en los poemas, en mis palabras y en mis movimientos. Y no peco de falsa modestia cuando lo escribo: es simplemente una constatación de algo muy profundo en mí.

Uno de mis pocos mejores amigos es músico, el otro es un gran melómano. Y de ellos aprendo, aunque no coincidamos en el género musical a través del cual vibramos: la salsa me aburre, ciertos subgéneros del jazz no conectan, pero intento y busco y trato de aproximarme pero nunca, nunca, trato de incorporarlos al ipod: son como esas rarezas que puedes escuchar ahí afuera, con alguien o a solas cuando intentas explicar algo o encontrar algo que no encuentras por otros lados.

Y vuelvo al punto del ipod, de la privacidad que da éste o cualquier reproductor para hacerte el track list de tu propia vida, evolución del walkman y del discman (esos avatares que ya he trascendido, desde los cassettes de 90 minutos para que me rindiera el viaje de todos los días hasta el colegio, hasta la colección de cds que guardaba en la mola para llegar hasta la universidad, rivalizando con diccionarios y tratados de lingüística, y siempre, siempre, las sempiternas pilas, que no se fueran a acabar mientras iba caminando hacia algún bar o me evadía del sueño en una clase)

Esta mañana, abrí uno de los cuadernos que estoy llevando ahora e hice algo parecido a un punto aparte. Era el momento de iniciar algo nuevo que me venía taladrando la cabeza hace semanas, pero que no había tomado en cuenta hasta ese momento. Entonces escribí unas líneas y fui a ducharme; mientras lo hacía pensaba en cuánto me interesaba esa posibilidad que había borroneado minutos antes, luego, después de todas las rutinas posteriores a verificar que el ipod tuviera brillando el botoncito verde, salí a la calle pensando en Beatle John, pero escuchando a Danger Mouse.

Durante el trayecto fui mezclando canciones de Nine Inch Nails y The Beatles, como preparando el mood del día, hasta que conseguí llegar al centro de la ciudad, comprar un café y llegar a la última canción de Fuerza Natural, de Gustavo Cerati, He visto a Lucy. Guardé silencio y fui descubriendo la canción…hasta que llegó el silencio y, de repente, el hiden track: esa especie de suite que hace valer la pena comenzar temprano y terminar temprano todo. Y ahí, mientras sobrecogido me dejaba llevar, recordé algo que le leí a Thom Yorke cuando hablaba de Homogenic de Björk y es sobre la forma como se están produciendo algunos álbumes hoy en día, los cuales están perfectamente acondicionados para proponerte una píldora roja o una píldora azul. Es decir, generan una experiencia maravillosa– e importa mucho el soporte, dado que las experiencias de escucha tienden a expandir la percepción, sea en un ipod o en un equipo de sonido- ya que te envuelven en todas las sonoridades y te conducen a terra incognita (como algunos temas de pink Floyd, por ejemplo, en los que la conjunción entre sonido, inmanencia y trascendencia está ahí, a la espera, vibrando)

El poder de la alegoría y la metáfora condensado en ese justo instante en que la canción termina y miras el panorama fuera del ipod para descubrir que todos los filamentos de la realidad han vuelto a moverse, cintileantes, por la sugestión desencadenada por la canción.

Eso ocurrió esta mañana con He Visto a Lucy: la he vuelto a ver, Beatle John.

Por acá, la canción: http://www.mediafire.com/?o2unvgmiziq

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