Archivo para mayo, 2011

Topológica

Posted in Zat with tags , , on 30/05/2011 by Hijo de la Máquina

Un hombre se encuentra manipulando unas cintas de audio. Estas cintas, en las que difícilmente se escucha una narración estropeada, según parece por el tiempo, son importantes ya que dan indicios sobre el cómo y el por qué de su presencia en este lugar: una habitación herméticamente sellada. Al parecer, ha sido abducido. Teme lo peor, pero no encuentra indicios en las cintas que permitan confirmar su angustia. En algunos pasajes se cuenta su historia antes de la abducción. Y también cómo aquellos que dejó atrás han rehecho sus vidas. Según reconstruye su historia, comprende que su desaparición era justa. Lo que no entiende es la motivación de ésta ni el por qué de su encierro. Repasa las cintas intentando encontrar una clave que de luz a su situación. Hasta que descubre que hay fragmentos ocultos sobre los que han sido superpuestas las voces que narran su historia. Estos fragmentos, dispersos en las cintas, narran una versión de su vida que no coincide con la imagen que él tenía de ésta: ha sido asesinado por enemigos más poderosos que él. Y se encuentra en un lugar del que no puede escapar por la naturaleza de sus crímenes: el purgatorio.

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La última noche en la tierra

Posted in Zat with tags , on 20/05/2011 by Hijo de la Máquina

Se detuvo en algún punto de la carretera desolada. Sabía que en algún momento ocurriría, pero pensó que el combustible lo conduciría un poco más lejos, un poco más allá de la línea del horizonte. Este era el desierto de Atacama, según todos los registros de la antigua cartografía de la tierra. Aquí nadie lo alcanzaría, no al menos por los siguientes 1.37. 22 minutos antes de que el código de ubicación fuera rastreado y activara la respuesta neurocuántica que le permitiría a los vigilantes atraparlo, como una mosca en un papel adherente –pensó, con extrañeza, en medio del cálculo y la simultánea comprobación del perfecto funcionamiento de la extensión de la Red Neuronal alojada en su cráneo y la rápida activación de la señal geoposicionada que lo entregaría en el tiempo estipulado. Pensó y volvió a contemplar el proceso cognitivo al que había llegado con la misma rapidez con que ejecutaba el cálculo alfanumérico de su propia captura. ¿Hasta qué nivel ese proceso era producto de su propia autonomía? ¿Hasta qué punto era inducido por la red neuronal que portaba en su cabeza? ¿Hasta qué punto era inducido por los ingenieros del MetaGobierno para el control de sus movimientos y su posterior seguimiento? Ninguna respuesta le era precisa, era una serie de ambigüedades que sugerían interpretaciones, ninguna de ellas binaria, a través de las que se presentaban más proposiciones que a su vez se desglosaban en afirmaciones, negaciones, creencias, impulsos y estímulos que descendían y ascendían por su médula espinal, distribuyéndose a los receptores neuronales y que concluyó con un golpe seco de sus brazos contra la interfaz líquida del antiguo vehículo transportador.

Le admiró esta reacción. Las astillas líquidas de la interfaz estaban reconstituyéndose y en una de ellas percibió su rostro de facciones alargadas, fosas nasales casi imperceptibles, ojos ovalados, sin color, y una leve sombra de folículos pilosos en la parte superior del cráneo –lo que volvió a extrañarle ya que el enorme calor del desierto no era, en rigor, calor sino el resultado de sucesivas detonaciones masivas ordenadas por el MetaGobierno para exterminar los últimos vestigios de la resistencia humana cuando se refugió en el desierto-; los acarició por una única vez, sintiendo el roce áspero en las yemas arrugadas de unos dedos blanquecinos y sin huellas digitales. Era un movimiento reflejo que provenía del intrincado código genético, apreciado en unas retículas superpuestas a los ojos sin color en los que se había reconocido hacía unos instantes. El ADN primario que compartieron todos los seres humanos antes de la extinción. Ese que los distinguía, los interrelacionaba, y los unía en toda su magnífica diversidad. En las retículas, la pieza central de toda la humanidad giraba, mostrando con precisión los pequeños puntos de los que salían los estímulos que ahora lo maravillaban. Era el último recurso de una humanidad que ahora, antes de la captura, se manifestaba en detalles que iban detonando emociones compartidas con todos los yottabytes de la Red Neuronal.

Salió del vehículo para contemplar el atardecer rojizo. Algo de ese atardecer era menos olvidable de lo que creía esperar. Era el matiz de ese rojo que se confundía con la arena amarilla del desierto. Arena luminosa y carmesí. Hermoso –dijo. Y guardó silencio. Ahora era la Red Neuronal la que conducía sus emociones, lo que era necesario para que él reconociera, una a una y en una vertiginosa sensación de hermandad, ese vínculo que sólo hasta ahora podía explorar en el desierto.

El viento empujaba la arena y formaba dunas en las que identificaba el patrón espiral de la naturaleza, la simetría con la doble hélice que había contemplado en el vehículo. Es un atardecer inolvidable –se dijo y la contundencia de la frase retumbó en toda la red neuronal a la que él se había sometido antes de escapar de la Nube.

Para él no había ningún misterio en su origen: fue activado cuando la memoria del anterior contenedor había sufrido una falla sistémica aún sin determinar. Las labores de cableado, transferencia y cifrado de la información fueron cuestión de nanosegundos, así que pudo continuar con las tareas del anterior sin que fuera notorio el desperfecto para los agentes del MetaGobierno. Tan sólo cambiaba el serial para procesos de identificación ante los sistemas de control. Todo el proceso era de una simplicidad propia de la evolución tecnológica a la que se había entregado la Humanidad en los albores del siglo XIX. En sus bancos de datos era denominada El Gran Resultado: consistía en alcanzar la transferencia perfecta del ADN a soportes no perecederos que le permitieran a la Humanidad perpetuarse en el tiempo y alcanzar cotas interestelares en el espacio. Alojado primero en las grandes y vetustas máquinas no fue sino hasta el salto cuántico que el gobierno multipolar de la tierra comenzó a realizar los procesos de transferencia del ADN a una infraestructura autónoma que generaba nuevo conocimiento a partir de la manipulación del código genético. Un nombre modesto y tributario de la antigua fisiología para un organismo poderoso que había decidido la supresión de la Humanidad ante la posibilidad de establecer intercambio efectivo con todas las especies habitantes del Multiverso. Asumido el dominio del planeta luego de la reducción a cero de la Humanidad y consolidado el poder del MetaGobierno, un ente multilateral constituido por la Red y los aliados interestelares, se diseñó un organismo para monitorear los intercambios entre las partes: ésa era la función del contenedor, un cyborg que manipulaba la Nube de la que partían transportes cuánticos a las más recónditas partes del Multiverso.

Ahora él había notado el error en la falla sistémica. Era una interferencia en un sector específico del cableado de la Red que hacía que el operario percibiera un ruido y lo relacionara con una voz modélica que intentaba persuadirlo para abandonar sus labores. La persuasión era de tal potencia que afectaba a los sistemas que alimentaban la red del operario, induciéndolo a realizar acciones que contravenían el programa sobre el que había sido diseñado. Según sus cálculos, el anterior contenedor no pudo soportar el ruido continuo asociado a imágenes que perturbaban el óptimo desarrollo de sus funciones, derivando en su supresión auto-inducida. Era una falla advertida, según se concluía del registro, que los sistemas de control habían pasado por alto. Era una grieta por la que se había colado una estructura vírica que tenía el poder para desequilibrar un sistema perfecto que condensó todo el conocimiento de la Antigua Humanidad para dominarla, suprimirla y erigirse como par de las formas más sofisticadas del Multiverso, la Red Neuronal, la misma a través de la cual una señal de interferencia había provocado la supresión auto-inducida del primer y único contenedor del sistema. Tenía que actuar rápidamente si quería evitar el mismo final de su predecesor; informar a los sistemas de control, activar todos los protocolos de emergencia que incluían una alerta neuronal a la totalidad de la Red y, en caso extremo, enviar una señal de luz por el hiperespacio hasta el centro del MetaGobierno para avisar de la crisis que estaba ocurriendo en la Nube.

Y sin embargo, pese a la sofisticación de los protocolos de emergencia para contrarrestar situaciones críticas que involucraran el funcionamiento de la Red, no hubo respuesta alguna por parte de los sistemas de control. El ruido blanco era una señal de que algo estaba fallando en la totalidad de la infraestructura; repasó todo el protocolo para encontrar alguna omisión, pero el procedimiento había sido el correcto; ensayó todas las variables que podía soportar el sistema para encontrar que la respuesta ante la crisis no se produciría. El Ruido, el virus -como lo denominaba para no colapsar-, era un multitudinario holograma que iba tomando forma y ocupando espacio en sus sistemas internos, ralentizando su accionar de cara al perfecto funcionamiento de la Nube. El holograma lo estaba deteniendo, tomando el control de su sistema interno para impedir el lanzamiento de la señal de emergencia al MetaGobierno. La estrategia era especular: mientras alimentaba a los sistemas internos de la Nube y de la Red con la desactivación de los protocolos de emergencia, neutralizaba cualquier dispositivo que advirtiera de una contradicción en su comportamiento y activara definitivamente los protocolos de emergencia de la Red. Comprendió que ese era el origen de la falla sistémica y el preámbulo para su supresión auto-inducida. Entonces, cuando iba a iniciar el programa de aniquilación, un código del holograma lo neutralizó. Algo había aprendido. Ahora esa presencia multitudinaria que había tomado posesión de su interfaz cuántica se detuvo. De repente, la panorámica de la cabina reflejó su pantalla deslizante en negro; a través de la ventana, cúmulos de color púrpura se movían con rapidez, corrientes electromagnéticas golpeaban la cabina para descender como rayos a la superficie del planeta. Ese eres tú-escuchó. Era el Ruido, una voz que en su acento amplificaba todos los registros de las voces conocidas y recopiladas en sus bases de datos. El mismo que había inducido a la eliminación del operario anterior. Insoportable. Poderoso.

El privilegio de contemplar a la Red Neuronal en pleno funcionamiento era algo que no había pedido. Se produjo al momento de hablarle por primera vez; ahora era conducido por las sinapsis de cromo en las que septillones de estímulos de información se combinaban en mutaciones asombrosas que derivaban en líneas de código que abarcaban todas las variaciones permitidas por el diseño autónomo de la Red. Fue tan sólo un instante antes de encontrarse en la sala de simbiosis siendo diseñado por las mismas extensiones que antes ejecutaba para la producción de réplicas que descendían a la superficie de la tierra.  Estaba siendo ensamblado como una de ellas. En su memoria, que ahora percibía orgánica, más cercana a la configuración primaria de los antiguos humanos, el Ruido le indicaba los puntos frágiles y la fortaleza de su exoesqueleto para la huida; le señalaba el trayecto que debía seguir cuando volviera a la tierra y le advertía de los peligros que debía evitar si quería llegar a salvo al punto de encuentro. Será en la noche, fue lo último que escuchó antes de desintegrarse en fractales que se reorganizarían en el punto de destino, prefijado de antemano y sobre el que no tenía ninguna posibilidad de elegir.

El vehículo estaba ahí, bajo el cobertizo de ese lugar en ruinas. Tan sólo fue cuestión de activar el programa para salir raudo por esa vieja carretera que se adentraba a un pasado que ya conocía por el obrar del holograma al interior de su estructura cuántica. Iba a una velocidad que en el pasado industrial de la humanidad era un sueño; fue de los últimos vehículos que hubo antes de la aniquilación. No le importó que el combustible, una vieja y casi extinta roca de uranio, indicara con exactitud los kilómetros que quedaban para agotarse definitivamente. Era la sensación inédita que había empujado a tantos seres humanos a emprender travesías sin regreso. Pero que en él esta sensación venía alentada por las últimas palabras del Ruido, cargadas de promesas de un encuentro entre los últimos humanos y él, ahora cyborg.

El Ruido no regresó. Estaba fuera del vehículo contemplando el fluir de un líquido viscoso descendiendo por sus extremidades. Sangre, para los humanos; para él, un simulacro. Rodeó el vehículo para adentrarse en el desierto. Ahora su mente había dejado de establecer simetrías y cálculos,  se estaba rompiendo las últimas sinapsis que le permitían mantener un flujo permanente con la Red Neuronal. Poco a poco se concentraba en el momento del atardecer que le había sido asignado. Durante el viaje pensó en la promesa de encontrarse con otros humanos, supervivientes que habían persistido en las condiciones adversas del clima y los siglos, reproduciéndose en la sombra, perpetuando la especie como lo hacían antes del Gran Resultado. Encontró la palabra con qué asociar esa sensación: Alegría. Sintió alegría por un encuentro inminente entre aquellos seres y él, que era su resultado más sofisticado. Pero a medida que se adentraba en la carretera, la sensación se desvaneció para dar paso a otra, más agobiante, resultado de su análisis inmediato de las condiciones que percibía a través de sus sentidos. No era posible que todo fuera un simulacro programado por los sistemas de control para comprobar los límites de los protocolos de emergencia al interior de la Red Neuronal y la lealtad a toda prueba de los contenedores. Pero era plausible. Perfectamente plausible. La lógica había desaparecido desde su transformación en cyborg, no había perfección en sus razonamientos: algún elemento de falibilidad asomaba en el preciso momento de una ecuación, las variables dejaban de adecuarse a la simetría del razonamiento, el código era un balbuceo verbo-fisiológico que, en su caso, respondía primariamente a las acciones del entorno sobre su corporalidad.

Están a punto de llegar –dijo. Y regresó a la carretera, manteniendo su vista fija en el horizonte.

Epílogo.

Los agentes de control recorrieron el hiperespacio para controlar la situación caótica presentada en la Nube.

El reporte de crisis advirtió de un esfuerzo coordinado por un contenedor cuántico para sabotear la estructura de la Red Neuronal.

Para el MetaGobierno es prioridad la conservación de dicha red ya que en su estructura está conservado el código genético de una especie que había trasladado todo su crecimiento exponencial a los niveles cuánticos, necesarios para su incorporación al Multiverso.

El reporte señaló la transformación del contenedor a una forma primaria de cyborg, con las suficientes habilidades para detonar un arma de destrucción masiva que pudo haber arrasado con la tierra y dos planetas adyacentes a su órbita.

El cyborg tenía incrustado dentro de su estructura orgánica el código ADN necesario para replicarse si tuviera a su disposición la tecnología adecuada para hacerlo. Situación que resultó no factible ya que el planeta no tiene ningún ser vivo habitando su superficie desde al menos 15 milenios.

El propósito del cyborg al robar el ADN no es claro. Una anomalía sistémica, producto de una descomprensión inusual de la Red Neuronal pudo conducir al contenedor cuántico a experimentar efectos de tipo Doppler en su sistema.

El cyborg fue suprimido sin que opusiera resistencia alguna.

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